«Las comparaciones son odiosas», se dice comúnmente. Cuando se trata de música, no solo se puede caer en errores, sino también en comentarios que poco benefician la propuesta artística de un músico.
Recuerdo la primera vez que escuché a Lenny Kravitz; fue en los noventa, en un programa de rock por televisión. La música estaba cambiando y este músico afroamericano llegaba con una propuesta retro que no pasaba desapercibida. Por supuesto, no era mucho para la limitada mentalidad de algunos críticos: llamarlo el «nuevo Jimi Hendrix» solo por el hecho de ser negro, tocar la guitarra e interpretar un rock clásico, no tenía nada de especial. Existía una clara influencia, pero había algo más allá.
Por aquel tiempo muchos músicos, casi como si se pusieran de acuerdo, decidieron darle un toque más espiritual al rock. Bandas como R.E.M., Moby o artistas como Joan Osborne manejaban esas inquietudes, contrastando con el glamour que una década atrás mostraron figuras como Madonna o Gene Simmons. Se estrenaba entonces el sencillo «Are You Gonna Go My Way» y Kravitz no se quedaba atrás. La canción parecía hablar desde la perspectiva de Cristo preguntando si caminarían con Él, todo en medio de un ambiente que evocaba los tiempos de «paz y amor» de los hippies.
Lenny Kravitz era un caso particular: podía verse tan hippie como glam; su estilo mostraba la influencia de Hendrix o Led Zeppelin, pero también de Prince. Sus canciones daban giros bruscos del hard rock al funk o al R&B en un solo disco, al tiempo que su espiritualidad cristiana se reflejaba en sus letras.
Su siguiente sencillo, «Believe», es una preciosa balada que habla claramente acerca del Hijo de Dios y su gracia divina, aunque también de una confianza en nosotros mismos que, posiblemente, provenía de la mentalidad de la «teología de la prosperidad», lo que mostraba creencias teológicamente complicadas. A pesar de ello, su mensaje espiritual directo resultaba conmovedor. La cuestión que dejaba todo un poco difuso era su imagen de símbolo sexual; el erotismo era parte de sus canciones y parecía ir demasiado lejos. El rompimiento de su matrimonio con la actriz Lisa Bonet —madre de su hija Zoë— pareció deberse, en gran parte, a sus aventuras.
Su álbum Circus (1995) nació en medio de conflictos emocionales, como la etapa terminal de la salud de su madre. La canción «Rock and Roll Is Dead» expresaba el vacío del estilo de vida de la industria:
«Crees que estás en la cima del mundo, pero sabes que estás realmente perdido… Todo el dinero del mundo no puede comprar el lugar a donde irás».
En «The Resurrection», no deja lugar a dudas de que continúa confiando en algo más allá de lo humano y en la segunda venida del Mesías: «Si pudieras escuchar lo que pude oír, sabrías entonces que el Rey está cerca». Años después, «Stillness of Heart», del disco Lenny (2001), mostró la necesidad de encontrar serenidad en un mundo caótico.
Su disco de 2004, Baptism, llegó cuando el rock gospel salía del underground con grandes ventas, pero el artista se mantuvo ajeno a esa etiqueta, aunque algunos llamaron a su música «rock cristiano de autoayuda», un término patético. Su fe seguía presente, desde una portada donde aparecía bañado en pintura roja representando la sangre de Cristo, hasta proclamarse un «ministro del rock ‘n’ roll». En esa época, Kravitz hablaba de su estilo de vida bajo los estándares de «Dios, vida y rock ‘n’ roll», criticaba la falta de espiritualidad en la música actual e incluso declaró que esperaría hasta casarse para volver a tener sexo. Su gira Electric Church iba acompañada de un coro de voces gospel, reforzando ese ambiente.
Durante una entrevista, al preguntarle si se consideraba un «cristiano nacido de nuevo», el músico afirmó que no se sentía parte de una iglesia en particular, pero sí de una fe de convicciones fuertes. Vivimos tiempos preocupantes donde declararse cristiano se ha vuelto un asunto fashion; los medios publicitan cómo megaiglesias como Hillsong New York se abarrotan de celebridades como Justin Bieber o Selena Gomez. No estoy en posición de juzgar si la fe de estas personas es real, pero cuando esto se publicita como una moda, surgen interrogantes.
Para personajes como Lenny, parece tratarse de algo profundo, lo que lo hace más honesto que otras celebridades. En medio de sus contradicciones e incluso momentos injustificables, entiendo la validez de su mensaje, pues no es proselitismo religioso, sino algo impregnado en el alma que sale con naturalidad. Uno de sus tatuajes reza: «Mi corazón pertenece a Jesucristo». Él mismo afirma: «Prefiero estar más cerca de Dios que en el número uno de Billboard». Solo queda rogar que esa fe continúe vigente, perfeccionándose y evolucionando, al igual que la de todos nosotros.
