En nuestro anterior artículo, «El rock en el himnario de la iglesia latinoamericana», pudimos ver cómo el rock and roll se convirtió en un género más aceptado socialmente, incluso para el cristianismo, además de conocer testimonios significativos de personajes impactados por esta corriente. Sin embargo, creo que vale la pena mirar otros puntos de vista que pueden llevarnos a analizar algunas dificultades en cuestión de creatividad.
Está claro en la historia de la Iglesia que las formas de adoración han traído momentos de renovación, y esto siempre ha creado brechas generacionales. Hoy en día nadie se escandalizaría al escuchar un violín o un órgano, pero en siglos pasados eran instrumentos censurados e inconcebibles para adorar a Dios. La música de Johann Sebastian Bach fue algo poco comprensible en algún momento para su propia congregación. Incluso, aproximándonos un poco más a nuestros tiempos, me sorprendió ver una entrevista del músico español Marcos Vidal afirmando que, cuando comenzó su carrera, su música no era muy aceptada por cierto sector evangélico. ¿En serio?
El «profano» rock llegó a la iglesia solo unos años después de su concepción; aunque, si miramos sus raíces, tal vez sería más acertado decir que regresó. En los setenta, con el movimiento Jesus People, estos hippies convertidos hacían lo que se denominaba simplemente como Jesus Music, antes de que se acuñara el término «rock cristiano». Como mencionamos antes, esto trajo una preciosa renovación al himnario latinoamericano con la llegada de Juan Carlos Alvarado y compañía, pero actualmente muchos músicos ven que esto también ha traído dificultades a nivel creativo.
La gran dificultad es que la llamada «música cristiana contemporánea» ha empezado a adaptar cierto molde y estructura a la hora de alabar a Dios. Se crean conceptos erróneos, como pensar que para que una melodía se escuche «espiritual» debe tener siempre los mismos acordes, opacando la diversidad. Es por ello que, en muchas ocasiones, no se toma en cuenta el esfuerzo de quienes ofrecen conceptos como punk praise, celtic praise o metal praise. Una propuesta interesante es la de la banda argentina Sarón Rose, quienes a ritmo de metal moderno ofrecen una forma innovadora de adorar.
Veamos lo que los mismos músicos tienen para decirnos.
Con una experiencia de más de 40 años, el costarricense Alberto Chaves ha pertenecido a bandas como Distorsión, Drama y Sin Paredes. Su punto de vista es muy valioso:
«Cuando acepté a Jesús, venía del entorno del rock de los 70, glam, heavy y progresivo. Estos géneros eran populares en el mercado secular pero satanizados en la iglesia. Tuve la dicha de comenzar en una congregación donde el pastor era artista, por ende no tuve problemas; pero cuando tocaba como invitado, era “atrevido” por usar pedales de distorsión.
Rápidamente, músicos como Marcos Witt marcaron la pauta y las iglesias querían que solo se interpretase ese tipo de música por considerarse “correcta”. Muchos líderes coartaron los dones de músicos que venían de otros entornos. Con la llegada de Hillsong, entramos en una era de música más sensorial (worship). Lamentablemente, ahora solo se quiere interpretar ese estilo; las bandas rockeras ya no están presentes ni se hace evangelismo en las calles. Tenemos una contracultura que poner en marcha».
¿Y qué pasa si nos salimos del molde del rock? A veces olvidamos que en nuestros países latinos contamos con una inmensa cultura propia. Elber Montiel, de la banda Viraje, aporta una crítica necesaria:
«Pienso que es un error conceptual y teológico lo que se concibe hoy como “adoración”. La adoración no es una sección de la música ni un momento en la liturgia; es una forma de vida. Respecto al worship, es válido como expresión, pero es errado creer que es la única forma de alabar. ¿A Dios solo se le puede adorar con la música que se inventó en Norteamérica? En los 90 predominaba la música hebrea; ahora es el pop-rock porque es fácil de ejecutar, pero no creo que Dios excluya las expresiones autóctonas».
Finalmente, Anderson Garzón, baterista de República de la Cruz y líder del proyecto Fe Caribe, reflexiona sobre la identidad local:
«Bíblicamente, todos los géneros son creados por Dios si la gloria es para Él: vallenato, champeta, bambuco… Lo que sucede es que el rock es lo que se le vende a los jóvenes por la parte visual y multimedia. Es raro ir a un festival y escuchar algo tropical o folclórico. Se pierden cosas en la cuestión transcultural. He estado en iglesias donde la alabanza se hace solo con una guacharaca, y a veces a la gente de la ciudad no le agrada por conductas aprendidas. Los jóvenes están desechando nuestros sonidos autóctonos cuando de ahí podrían estar creando un sonido propio».
Curiosamente, todo se resume en dos vertientes: por un lado, asumimos equivocadamente que un estilo de rock específico es la forma «correcta» de alabar; por otro, estamos desperdiciando la riqueza musical latinoamericana, dejando de lado ritmos propios tal como sucedió cuando el rock invadió los templos por primera vez.
Dios nos regaló diversidad y eclecticismo en el arte. No podemos quedarnos en un solo molde o pensar que algo es espiritual solo porque se escucha de determinada manera. Tal vez sea hora de romper moldes una vez más.
