Cuando el primer gentil llegó al cristianismo, el apóstol Pedro percibió que «Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia» (Hechos 10:34-35).
Antes de que se estableciera la iglesia y los gentiles llegaran a Cristo, muchos judíos suponían que Dios les favorecía sobre todos los grupos étnicos. Algunos tenían la noción falsa de que, simplemente por ser judíos, tenían asegurada la salvación (Mateo 3:9; Lucas 3:8; 7:30).
Cuando se derrumbó la barrera entre judíos y gentiles, Pedro entendió completamente un aspecto fundamental del carácter de Dios: Él no favorece —ni ha favorecido— a una persona o grupo sobre otros. Sea que los israelitas lo entendieran o no, cualquiera que obedece los mandamientos de Dios puede ser justificado delante de Él.
Considere algunos pasajes que enfatizan la imparcialidad de Dios ante todos los seres humanos:
