A menudo confundimos la espiritualidad con la emoción del momento. Sin embargo, el mensaje central de la parábola del Buen Samaritano no es un sentimiento, sino una interrupción en nuestra agenda. No se trata de cuánta pasión mostramos en una celebración, sino de cuánta compasión estamos dispuestos a ejercer cuando nadie nos ve. La fe verdadera comienza cuando decidimos que el dolor ajeno nos importa más que nuestra propia comodidad.
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Vivimos en ciudades donde hemos desarrollado “mecanismos de indiferencia”. Podemos cruzar el metro o caminar por la plaza viendo multitudes, pero sin reconocer la humanidad de quienes sufren. El sacerdote y el levita de la historia bíblica vieron al hombre herido, pero decidieron pasar de largo. El compromiso social cristiano nace de “abrir bien los ojos” y reconocer que cada persona en situación de calle, cada migrante o cada joven en crisis en redes sociales tiene una historia y un nombre.
El amor como práctica política y social
El samaritano no solo sintió lástima; él invirtió sus recursos, su tiempo y su seguridad. En una sociedad que excluye, el amor radical se traduce en inclusión. Como la historia de aquel hombre exonerado tras 17 años de injusticia en Estados Unidos, nuestra labor es devolver la dignidad y no tratar a nadie como una “cucaracha”, sino como un hijo de Dios. El compromiso social no es un extra de la fe, es la fe misma puesta en marcha.
Un evangelio de manos y pies
La inclusión no requiere grandes instituciones, sino corazones dispuestos a incomodarse. Desde la sencillez de una niña preparando sándwiches para repartir en una plaza, hasta el compromiso de acompañar procesos largos de restauración, estamos llamados a ser las manos y los pies de un Dios que no es invisible, porque se manifiesta a través de nuestros actos de justicia.
