Lonnie Frisbee: El místico del “Jesus Movement” y la fragilidad del carisma
El «Movimiento de Jesús» comenzó a finales de los setenta, cuando el sueño hippie empezaba a degradarse. Eventos como los asesinatos de la familia Manson, el desastroso concierto de Altamont de los Rolling Stones (donde la seguridad de los Hell’s Angels terminó en tragedia) y la sombra del Asesino del Zodiaco hicieron que el ideal de «paz y amor» se desmoronara. Muchos abandonaron el sueño de un mundo mejor, pero otros encontraron un camino diferente: los hippies encontraron en Jesús una respuesta real.
Medios como Time documentaron el insólito hecho de ver a jóvenes que lucían igual que los demás, pero que se bautizaban en las playas de San Francisco y protestaban contra el ocultismo bajo el eslogan «One Way». Este avivamiento trajo momentos hermosos, pero también fue el escenario para el nacimiento de sectas peligrosas como los Niños de Dios y generó problemas doctrinales en corrientes carismáticas que basaban su fe más en lo emocional que en lo bíblico.
Lonnie Frisbee era un personaje común de aquellos años; el típico baby boomer vegetariano que buscaba un camino espiritual en el misticismo. Se afirma que sufrió abusos sexuales en su infancia, un trauma que prefirió mantener al margen. Era un personaje influyente que predicaba a otros hippies en el desierto, a veces en situaciones erráticas: se dice que, en medio del consumo de LSD, se colocaba en posición de loto a leer la Biblia. En el Cañón de Tahquitz, afirmó haber tenido una visión de Jesús que lo llamaba a predicar a una multitud que rogaba por salvación.
Es aquí donde comienzan sus primeras «visiones», donde a menudo mezclaba a Jesús con temas de ovnis. Posteriormente, se contactó con su exnovia, Connie Bremer, con quien contrajo matrimonio. Ella llegó a afirmar que, en esos primeros días, Lonnie aún organizaba reuniones donde el consumo de drogas se fusionaba con la lectura bíblica.
El pastor Chuck Smith, quien estaba formando la comunidad Calvary Chapel en Costa Mesa, entabló una relación paternal con este particular hippie. Lonnie terminó levantando un ministerio masivo donde cada semana llegaban jóvenes para escuchar a este «rockstar» de la predicación. Sin embargo, su ministerio estaba marcado por reuniones de sanidad influenciadas por la predicadora Kathryn Kuhlman.
Frisbee hablaba de cómo superó su adicción a las drogas y confesó haber practicado la homosexualidad antes de su conversión, aunque luego se tornó discreto al respecto. Connie aceptó casarse con él tras «verlo con ojos espirituales», pero la popularidad de Lonnie la relegó. Sorprendentemente, Chuck Smith insistió en que el ministerio de Frisbee estaba por encima de su matrimonio, lo que llevó a la pareja a distanciarse del pastor y unirse a la naciente Comunidad de la Viña (Vineyard). Finalmente, se divorciaron en 1973.
En la Viña, dirigida por John Wimber (exmúsico de los Righteous Brothers), Frisbee desarrolló con más libertad su ministerio de «señales y maravillas». Su apariencia, que muchos describían como similar a la de las representaciones artísticas de Jesús, lo hizo sumamente popular. Sin embargo, todo se interrumpió a finales de los setenta cuando salieron a la luz relaciones homosexuales que Lonnie mantuvo durante meses, producto de visitas frecuentes a circuitos gay en Laguna Beach.
Tras su expulsión de la Viña, no existe mucha información clara sobre él, aunque frecuentó iglesias pentecostales. Falleció el 12 de marzo de 1993 a causa del sida, a los 43 años. Durante mucho tiempo, su nombre fue borrado de la historia oficial de estas comunidades, aunque hoy su legado vuelve a ser analizado.
Siempre he sentido simpatía por el Movimiento de Jesús; es bello ver cómo muchos músicos de esa época continúan activos. Sin embargo, no se puede desconocer el problema doctrinal que se generó. La historia de Lonnie Frisbee es difícil de concluir. ¿Estábamos ante una doble vida o ante una personalidad fragmentada por el trauma? ¿Fueron reales los milagros? Muchos sostienen que sí, pero bajo la lupa bíblica, una fe basada solo en experiencias místicas es propensa al fracaso.
Somos seres contradictorios y cargamos con luchas diferentes. El cristianismo pierde poder cuando se basa únicamente en lo que «sentimos». La fe no debe depender de momentos de efervescencia, sino de la convicción del Espíritu Santo y el conocimiento de las Escrituras. Como dice el Salmo 119:105:
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino».
