Al comienzo de su correspondencia, le pregunta a su joven amigo: «¿Quién te dice quién eres tú?». Como capellán en Yale durante varios años, sabía muy bien el poder que tiene la educación superior para decirles a los estudiantes quiénes son.
Existen fuerzas poderosas en nuestra cultura que impactan y dan forma a quienes creemos ser. La respuesta cristiana que me dieron cuando era joven es que todos somos pecadores. Ciertamente eso es verdad. Sé que soy imperfecto y que regularmente no estoy a la altura de los mejores ideales de la humanidad, ni siquiera de los míos. Todos nosotros somos una masa de contradicciones. Pero, ¿es eso lo primero y más importante en nosotros?
Esto no es lo que los padres compasivos enseñan a sus hijos; al menos no al principio. Les decimos lo especiales que son, cuánto son amados y cuidados, y qué posibilidades tienen por delante.
Me resulta interesante que, en la carta de Pablo a los romanos, antes de que él exponga el problema humano, identifica a sus lectores como aquellos que son amados por Dios, que pertenecen a Jesucristo y que son, por mandato divino, santos (1:6-7). La mayoría de nosotros tiende a pensar que un santo es alguien particularmente místico, separado del resto, alguien que ha logrado algo excepcional. Pero, en opinión de Pablo, todos somos santos.
Un aspecto importante de la fe incluye decir «sí» a nuestra santidad. La fe es nuestra aceptación de la aceptación incondicional de Dios. Somos, ante todo, hijos e hijas de Dios antes de ser pecadores. La religión tóxica invierte ese orden: la religión insalubre enseña que somos indignos, que estamos bajo la ira de Dios y que debemos ser salvados de nuestro pecado. La religión sana dice que estamos seguros, primero, en el amor de Dios; que ya somos santos, llamados a vivir diariamente como sus hijos amados.
Una vez que aceptamos que somos aceptados y amados por Aquel que sostiene toda existencia, encontramos el espacio sagrado y el coraje interior para enfrentar las tensiones y contradicciones que crea nuestro pecado. Cuando sabemos que somos amados por el Amante Divino, encontramos la confianza y la fuerza para enfrentarnos a nuestro «falso ser» (ese pequeño yo impulsado por el ego, con su propensión a captar, arrebatar y aferrarse a lo que cree que le traerá satisfacción). Sabiendo que somos valorados simplemente por estar vivos, ya no sentimos la necesidad de negar o reprimir nuestro lado oscuro. Nuestra libertad para nombrar a nuestros demonios es el primer paso para superarlos.
En la película The Stand (una historia clásica del conflicto entre el bien y el mal basada en el libro de Stephen King), una mujer afroamericana conocida como la Madre Abigaíl funciona como la figura de Cristo. Uno de sus discípulos es un joven sordomudo, un hombre de gran compasión e integridad, pero que no cree en Dios.
En una escena, la Madre Abigaíl habla sobre el papel que este joven desempeñará en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Un amigo le advierte: «Pero él no cree en Dios». Sin mostrarse sorprendida ni sacudida, la Madre Abigaíl se da media vuelta y se comunica directamente con el joven: «Está bien, niño, porque Dios cree en ti».
Es verdad. A pesar de todos nuestros percances y debilidades, de todas las formas en que nos atrapamos y nos volvemos adictos a cosas que disminuyen nuestras vidas y relaciones, Dios todavía cree en nosotros. Si lográramos creer eso de verdad, no solo experimentaríamos una conversión significativa, sino que podríamos cambiar nuestro mundo. Somos, ante todo, santos antes de ser pecadores.
