Jesús: El niño refugiado y el espejo de Europa
Hoy impera una actitud de “no hay lugar en la posada”. Los espacios están saturados y se argumenta que los migrantes deben mantenerse fuera para preservar el empleo, la salud y los servicios de bienestar. En un entorno de austeridad, donde los recortes han golpeado con fuerza, esta frialdad nace, en parte, de un profundo sentimiento de inseguridad.
En este momento, vale la pena recordar que la Biblia presenta a Jesús de Nazaret exactamente como alguien que hoy sería rechazado por esos países: un niño refugiado.
La huida de la paranoia de Herodes
En el Evangelio de Mateo, José y María viven en Belén, su pueblo natal. La llegada de unos magoi (sabios o astrólogos) del Oriente ante Herodes el Grande, el rey vasallo de Roma, desata la tragedia. Al buscar a un nuevo gobernante identificado por una “estrella”, Herodes reacciona con un ataque preventivo: la Masacre de los Inocentes (Mateo 2:16-18), asesinando a los niños de Belén.
Advertido en sueños, José huye con su familia a Egipto. Solo tras la muerte de Herodes se atreven a regresar, pero evitan Judea por miedo a Arquelao, el hijo del tirano. Encuentran refugio en Nazaret de Galilea, lejos de su hogar original. Los primeros años de Jesús fueron, por tanto, los de un refugiado en tierra extranjera y luego los de un desplazado interno.
El respaldo histórico y arqueológico
Aunque algunos críticos ven en este relato una construcción para comparar a Jesús con Moisés (quien también sobrevivió a un faraón infanticida), hay elementos que le dan verosimilitud:
La cercanía de Herodes: La arqueología muestra que Herodes construyó el Herodion (su palacio y futuro mausoleo) con vistas directas a Belén. Herodes “respiraba en el cuello” de la ciudad.
La paranoia del Rey: Josefo retrata a un Herodes tan paranoico que mató a sus propios hijos. Esto dio lugar a la famosa frase de Augusto: «Prefiero ser el cerdo de Herodes que su hijo» (ya que los judíos no matan cerdos, estos estaban más seguros que su familia).
Egipto como santuario: Era un camino muy transitado. Desde siglos antes, los judíos huían a Egipto ante crisis políticas. Existía una comunidad judía expatriada próspera que servía de red de apoyo.
La dureza del refugio
Sin embargo, el recibimiento no siempre era cálido. Una carta del emperador Claudio (41 d. C.) advierte a los judíos de Alejandría que viven en “una ciudad que no les pertenece” y les prohíbe invitar a más judíos de Siria-Palestina.
La vida para la Sagrada Familia en Egipto (recordada en sitios como Matariya, cerca de El Cairo) habría sido durísima. El filósofo Filón de Alejandría describe cómo la pobreza extrema de los refugiados podía llevar incluso a la esclavitud. Dependerían totalmente de la caridad de las sinagogas y de la “amabilidad de los extraños”.
Un legado de desposesión
Esta experiencia de desplazamiento informó profundamente las enseñanzas de Jesús. Al iniciar su misión, adoptó la vida de alguien sin «lugar donde recostar la cabeza» (Mateo 8:20). Envió a sus discípulos como refugiados indigentes: sin bolsa, sin muda de ropa y confiando plenamente en la hospitalidad ajena (Marcos 6:8-11).
La acogida de estos “vagamundos” se convirtió en la prueba de fuego moral para las aldeas:
“Y si alguno no os recibe y no os quiere oír, sacudid el polvo de vuestros pies cuando salgáis, para testimonio a ellos” (Marcos 6:11).
