Llevo casi 40 años viviendo en Colombia y, cuando me preguntan cómo es este país, a veces siento que todavía no tengo la respuesta definitiva. No sé si algún día terminaré de entender por completo la complejidad del alma colombiana.
Sin embargo, si me preguntan por qué me quedé, la respuesta no está en lo que dicen las guías turísticas.
No es la geografía, es la resiliencia
A menudo digo —y sé que algún taxista me ha querido matar por esto— que no me quedé por los paisajes. Sí, Colombia es bellísima, tiene playas y montañas increíbles, pero no es el país más bello del mundo. Tampoco es la comida (aunque la disfrute).
Lo que me atrapó, lo que me cortó la respiración y me hizo echar raíces aquí, es la gente.
Es ese calor humano y esa capacidad inagotable de seguir adelante en medio de las desgracias más inmensas. Es esa facultad admirable de despertarse al día siguiente de un drama, amasar las arepas, calentar el agua de panela y seguir viviendo.
La gran confusión: Alegría vs. Felicidad
Hay algo que me irrita profundamente: esos titulares que proclaman a Colombia como el “país más feliz del mundo”. Eso no es cierto.
Colombia es un país dramático, doloroso y difícil. La gente llora, y llora mucho, porque la realidad a veces es para llorar. Pero aquí está la clave que a mi mente francesa racional le costó entender: Colombia es un país alegre, mas no feliz. Y eso no es contradictorio.
La alegría aquí es un acto de resistencia. Es la capacidad de recuperar el ánimo, de poner una salsa y mover el cuerpo incluso cuando el alma duele. Es una mezcla complicada de dolor y fiesta que define la identidad nacional.
La Universidad Nacional: Mi escuela de realidad
Tuve la suerte de vivir 30 años dentro de la Universidad Nacional. Allí encontré a Colombia en miniatura: la extrema izquierda, la extrema derecha, las drogas, la revolución y el debate. Si hubiera llegado a un entorno más protegido, quizás nunca habría entendido este país. La “Nacho” me enseñó a ver la Colombia real, sin filtros.
Una invitación final
Es difícil explicar Colombia con palabras. Por eso, mi consejo siempre es el mismo: Vengan.
Olviden el miedo a las noticias, a la guerra o a las bombas. Vengan y vean con sus propios ojos qué es este país. Vengan a intentar bailar salsa (aunque lo hagan con acento, como yo) y a sentir esa energía vital que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo.
