¿De dónde venimos? ¿Por qué deseamos el bien y hacemos el mal? ¿Por qué nuestras almas anhelan la eternidad mientras que nuestros cuerpos se rinden a la muerte y la decadencia?
Las Escrituras hebreas dejan muchas otras preguntas tentadoras sin respuesta. Estos misterios han perseguido la imaginación cristiana durante siglos, han inspirado búsquedas épicas y han dejado perplejas a algunas de las mentes más grandes de la Iglesia. Aquí están seis de los más grandes misterios del Antiguo Testamento.
(Nota a los lectores: el enfoque es en cuestiones históricas, no en temas científicos, como los seis días de la creación o el diluvio del Génesis).
1. ¿Qué le pasó al Edén?

Tras el destierro de la humanidad, ¿qué fue del jardín? Nadie está seguro de dónde se encontraba, aunque existe el consenso de que estaba en algún lugar de Oriente Medio, quizá en el actual Irak. Presumiblemente, el gran diluvio lo habría aniquilado; sin embargo, durante siglos, la cristiandad creyó firmemente en su existencia continua en la Tierra, oculto al hombre.
Santo Tomás de Aquino escribió que el paraíso terrestre estaba “cerrado por montañas, o mares, o alguna región tórrida” infranqueable. Esta creencia fue tan firme que el Edén aparecía en los mapas medievales. Incluso en 1498, Cristóbal Colón se detuvo con temor al navegar por el río Orinoco, creyendo que estaba a punto de entrar en el jardín y que moriría como consecuencia. Hoy, con la cartografía completa, el Edén parece haberse desvanecido sin dejar rastro.
2. Los gigantes del Génesis

El mundo prediluviano está envuelto en misterio: hombres que vivían cientos de años y una raza de gigantes que recorría la Tierra. En Génesis 6:4 leemos:
“Ahora los gigantes estaban sobre la tierra en aquellos días… estos son los poderosos de antaño, hombres de renombre”.
En otras traducciones se usa el término Nephilim, lo que profundiza el misterio. ¿Eran ángeles caídos? Algunos intérpretes creen que fueron simplemente seres humanos de gran estatura o, en sentido figurado, “monstruos de crueldad y lujuria”. Otros conectan la palabra con el hebreo naphal (“él cayó”), refiriéndose a quienes abandonaron la fe.
3. ¿De dónde vino Melquisedec?

Melquisedec aparece de la nada en Génesis 14, saliendo de la ciudad de Salem (posible precursor de Jerusalén) para bendecir a Abraham con pan y vino. Siglos antes del sacerdocio israelita oficial, él ya era identificado como sacerdote del Dios verdadero.
Su nombre significa “rey de la justicia”. En Hebreos 7:3 se dice que era “sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio ni fin de días”. Esto no significa necesariamente que no tuviera padres, sino que su linaje nos es desconocido, prefigurando la vida oculta de Cristo.
4. La bruja de Endor

En 1 Samuel 28, el rey Saúl, desesperado ante la amenaza filistea y el silencio de Dios, acude a la magia negra. Visita a la bruja de Endor para que conjure el espíritu del profeta Samuel. Samuel aparece, regaña a Saúl por perturbar su descanso y le profetiza su caída.
Este episodio plantea un dilema teológico: ¿pueden las almas ser invocadas mediante la nigromancia? Martín Lutero sugirió que era un demonio; otros creen que fue una alucinación de Saúl. El Comentario Bíblico de Haydock ofrece otra solución: el alma de Samuel realmente apareció, no por el poder de la bruja, sino por voluntad directa de Dios.
5. Las diez tribus perdidas de Israel

En el 732 a. C., Asiria destruyó el reino del norte y reubicó a diez de las doce tribus en Mesopotamia. Desde entonces, desaparecieron de la historia oficial. Las leyendas las sitúan en Sudamérica, Nigeria o Etiopía.
Algunos historiadores sugieren que se integraron en la diáspora judía mediterránea o que influyeron en el desarrollo del zoroastrismo en Persia. Esta última teoría es intrigante, pues el zoroastrismo enseñaba sobre un salvador y la resurrección, creencias que siglos después llevarían a tres sabios de Oriente a rendir homenaje al Niño Jesús.
6. El Arca de la Alianza

Contenedora de los Diez Mandamientos, el maná y el bastón de Aarón, el Arca era el centro de la presencia de Dios. Tras el saqueo babilónico de Jerusalén en el 587 a. C., desapareció. Jeremías escribió que no sería reconstruida, y el libro de Macabeos sugiere que el profeta la ocultó en una cueva.
Se han propuesto docenas de teorías: desde su destrucción hasta su ocultamiento bajo el Gólgota. La afirmación más famosa proviene de la Iglesia Ortodoxa Etíope, que sostiene que el Arca se encuentra en la ciudad de Axum. Para los etíopes, el Arca no es un objeto arqueológico, sino el corazón vivo de su fe.
