Hay una cierta sensación de estar sufriendo un impenitente ‘electroshock‘.
Familias que no pueden cuidar ni despedirse de sus seres queridos.
Hogares a la deriva, otros pensionados al límite entre el teletrabajo y los cuidados, mientras cada cual digiere como puede el día a día y la incertidumbre de lo que vendrá después.
Y toda esta olla a presión en un aislamiento que ha activado una explosión cooperativa en los vecindarios, pero también una pulsión represora en la calle y tras no pocos visillos.
Una tensión entre la solidaridad y el sálvese quien pueda, entre la libertad y el control, que está llamada a marcar las futuras relaciones interpersonales y comunitarias.
Porque, después de todo esto, de esta especie de ensayo del fin del mundo, ¿cómo volveremos a vivir juntos?
